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En Puntitas; Una JMJ para dejar de quejarse

En Puntitas quiere ser un espacio para discutir esos temas y evitar que nos atrape la bulla de las redes sociales.

En Puntitas; Una JMJ para dejar de quejarse

Peregrinos en el Metro de Panamá. Foto: Radio Panamá

Terminó la cuenta regresiva para recibir uno de los eventos internacionales más importantes de la Iglesia católica: el papa Francisco está en Panamá para participar de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), cuyo objetivo principal es promover la paz y la unidad de las naciones del mundo, con la juventud como embajadora.

 

Contra todos los pronósticos parece que en Panamá se cumplirá la meta. La alegría con que llegaron más de 14.000 peregrinos para celebrar la prejornada ha generado un cambio en la actitud de muchos hacia la actividad justo a tiempo. Impresionante. Twitter lo demuestra. De una semana a la otra mi home pasó de estar lleno de críticas negativas y peleas, a estar inundado de imágenes y videos de jóvenes de más de 100 nacionalidades que han contagiado al país de su buena actitud y desprendimiento, como las de unos panameños y peregrinos que recogieron 33 mil libras de basura en una playa.  

 

El ambiente negativo ha cambiado, pero no se pueden pasar por alto las razones que lo generaron ni dejar de reconocer su validez. La mayor parte del rechazo es producto de las sospechas hacia el manejo de los fondos públicos y la percepción de que la jornada prueba que no hay una separación real entre Iglesia y Estado en el país; pero, sí la hay. La forma en que el evento ha sido organizado lo evidencia.

 

La Iglesia financia gran parte de la jornada, con ingresos que recibe de los kits de peregrinos y aportes privados. Al Gobierno le toca cubrir los gastos protocolares de recibir al papa y otros seis jefes de estado. Ambos tienen propósitos distintos e independientes. La Iglesia no tiene nada que ver con que el Estado se proponga comprar una alfombra de $14,177 o bajar la tarifa del metro. Esas son decisiones del Gobierno, y no deberían sembrar odio hacia un evento que tiene a Panamá en la mira del mundo. Se estiman que la inversión estatal será de alrededor de $54 millones. La cifra parecer alta, pero, según el Ministerio de Economía y Finanzas, el impacto económico directo de la jornada al país será de alrededor de $388 millones y el indirecto, de $700 millones. Tanto así que las autoridades de turismo calculan que todo el dinero invertido por su entidad en los últimos 20 años no alcanzaría para pagar la promoción que están haciendo los peregrinos.

 

Eso sí, el mensaje que se exporte estará determinado en gran parte por el trato que reciban los jóvenes. Cada vez que un extranjero me pregunta cómo es un panameño, mi respuesta es: alegre. No solo por lo bien que lo pasa en los culecos de los carnavales, gritando en las gradas del Maracaná, o disfrutando de buena música; sino por cosas tan sencillas como presenciar el saludo de dos amigos con una sonrisa y un “qué xopa”. Esa alegría no se ha sentido mucho en Panamá últimamente por el desagrado general hacia la coyuntura actual, pero parece que la JMJ nos la está devolviendo.

 

No se trata de que la visita nuble lo malo, como muchos critican, pero, si sucede, no se preocupen porque cosas tan sencillas como el apagón hacen que sea imposible olvidar dónde estamos parados. La jornada y el mensaje del papa Francisco tienen que sentar un buen precedente. Si los panameños detectan que hubo irregularidades en el manejo de los fondos deben denunciarlo y pedirles a sus representantes que creen leyes para solventarlas, como delimitar cuánto puede invertir el Estado en un evento como este, bajo qué parámetros el país puede aceptar ser anfitrión de un proyecto y la limitación de la presencia de las autoridades en los eventos para evitar que se utilicen para fines políticos. Esto aplica tanto para una JMJ como para otros eventos como los carnavales o torneos deportivos.

 

Hay mucho por hacer. Es verdad que Panamá no está en sus mejores momentos, pero ojalá que después de la JMJ, que promulga paz, alegría y unidad, se produzcan cambios reales y no meras quejas en las redes sociales. Ojalá que la sociedad se dé cuenta de que en sus manos está hacer el cambio, que el país necesita de todos, y que es más fácil mirar desde el balcón- o desde Twitter- y criticar lo que se ve, que actuar para mejorar lo que se critica.

Valentina Hilaire

@valihilaire


La autora es estudiante de Periodismo.