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Un daño colateral; Un cuento sobre la invasión por Paco Moreno

El escritor Francisco "Paco" Moreno cuenta una historia que describe en pocas palabras lo que fue la invasión y el sentimiento que queda en muchas personas.

Un daño colateral; Un cuento sobre la invasión por Paco Moreno

Invasión a Panamá. Foto: Cortesía

                                                                                                                                                    Nunca preguntes por quién doblan  las campanas; doblan por ti.
                                                                                                        John Donne.

                                                                                                                                                  

 

Nora Woodrow tenía veinte años cuando se casó con un soldado que la llevó a los Estéis para luego abandonarla con tres litibuáis nacidos allá. Después tuvo que regresar a su Colón natal y crio a los hijos con mil sacrificios. Ella no volvió a abandonar su tierra, pero los tres hijos, que eran American citizens, regresaron al Norte y uno de e­llos llevaba ya cinco años enrolado en el Army.

Uno de los muchos edificios viejos condenados en Colón fue el que al­ber­gó durante treinta de sus sesenta y seis años de existencia a Nora Wood­row, por lo que tuvo que mudarse a un cuarto de la planta baja de otra casa de madera.

Nora había heredado de sus abuelos barbadenses y jamaicanos la len­gua de los gringos y estaba tan acostumbrada a ver en el canal 10 la alerta Delta, que le daba la misma importancia que a la alerta Cutarra que en plan chistoso ha­bía decretado el incrédulo Noriega. Cada vez que le decían que los gringos que­rían invadir Panamá para llevarse al dictador, ella contestaba que los gringos sabían muy bien dónde estaba y para agarrarlo no necesitaban invadir el país.

La noche del 20 de diciembre de 1989 Nora despertó asustada. El si­len­cio nocturno era perforado por unos como truenos, pero muy seguidos, a­com­pa­ñados de ráfagas de golpes secos. Eran los mismos ruidos que se oían en las películas de guerra que ponían en la televisión. Encendió la radio y ninguna de las e­­misoras locales tenía sintonía. Solamente pudo oír una emisora co­lom­bia­na que interrumpió un programa musical diciendo:

— ¡Atención, atención! El e­jér­cito de los Estados Unidos está en estos momentos invadiendo la República de Pa­na­má.

Ahora sí tuvo miedo. Pasó la noche en vela, escuchando la radio en la so­ledad de su cuarto. Durante los días siguientes las turbas saquearon los al­ma­ce­nes de Colón y los muelles de Cristóbal y se temía que llegaran a entrar en las viviendas. Nora podía dormir algo por la tarde, pero al caer la noche el mie­do le impedía cerrar los ojos y rezaba para que los gringos vinieran pronto a po­ner or­den.

*   *   *

Cuando metieron al soldado David Buchanan pertrechado para combate en un avión de carga, ni él ni ninguno de sus compañeros sabían a dónde los lle­va­ban. Aterrizaron de noche, pero en el camino desde Howard a Clayton se dio cuen­ta de que estaba en tierra conocida. Entonces fue cuando les dijeron que ve­nían a liberar a Panamá de la tiranía del narcodictador Noriega. Cuando em­pe­­zó la invasión él permaneció acuartelado hasta que una noche los organizaron en comandos, les mostraron unos planos, les dieron unas órdenes y los man­da­ron a tomar la ciudad de Colón. Sabían que todavía quedaban focos de re­sis­ten­cia, por lo que caminaban en filas silenciosas amparados por las sombras que pro­­yectaban las paredes de las casas, con las armas dispuestas a repeler cual­quier agresión.

Buchanan era el segundo de la fila. Detrás de él iba un mu­cha­cho de Montana amigo suyo. Avanzaron por la avenida Meléndez hasta la es­quina del parque Sucre y allí torcieron a la izquierda para unirse con otras dos patrullas que debían esperarlos a la hora prevista en la avenida Central. Cuan­do iban por calle 7 se oyó un disparo. Buchanan miró hacia atrás y vio al muchacho de Mon­ta­­­na caído en el suelo. Impulsado por el miedo de no saber la po­sición del fran­co­­tirador, apretó instintivamente el gatillo de su M-16 y lanzó hacia la otra acera un abanico de balas. El muchacho de Montana se levantó de un salto diciendo que no fue nada, que tropezó y al caer se le disparó el arma. El sol­­dado en­car­ga­do de la radio comunicó la falsa alarma y la patrulla siguió su ca­mino en el si­len­cio de la noche sin ningún otro incidente.

 

*   *   *

La invasión fue un éxito. El dictador fue apresado, el ejército y los pa­ra­mi­li­­tares panameños, desarticulados y sus oficiales presos. El país fue liberado y en­tregado a las autoridades civiles electas y no reconocidas por la dictadura. Los batallones de infantería que habían intervenido fueron regresando a los Es­ta­­dos Unidos.

Al día siguiente de llegar a su base el soldado David Buchanan fue notifi-                                      ­cado de que se comunicara urgentemente con Richard, el mayor de sus dos her­ma­nos. Richard le dijo que su madre había muerto, pero no pudo lo­ca­li­zar­lo an­tes porque le dijeron que estaba en una misión secreta en el extranjero. David era el menor de los tres hermanos y adoraba a su madre. Con lágrimas en los ojos le dijo a Richard que pensaba haberla visitado la Navidad pasada para tra­tar de convencerla de que viniera a vivir con él, pero no pudo porque lo ha­­bían en­­viado precisamente a Panamá. Le preguntó a Richard si su mamá había muer­to de su do­lencia car­día­ca o de alguna otra enfermedad. Éste le explicó que se había mudado a calle 7 una semana antes de la invasión, que estaba dentro de su casa la noche que los soldados en­traron en Co­­lón y a algún hijo de puta GI se le ocurrió disparar sin venir a qué. Una bala atravesó las maderas viejas de la casa y le perforó la ca­­beza. 

La telefonista de la base llamó asustada a los de seguridad diciendo que un soldado había enloquecido; que salió de un locutorio llorando a gritos mien­tras se arrancaba a pe­da­zos el uniforme militar.