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Sal y Pimienta

Mariela Ledezma y Annette Planells


En las clínicas, los talibanes toleran la convivencia entre mujeres y hombres bajo condiciones

La de Saidan es la única clínica con equipos de cirugía en esa zona poco poblada.

En las clínicas, los talibanes toleran la convivencia entre mujeres y hombres bajo condiciones

La de Saidan es la única clínica con equipos de cirugía en esa zona poco poblada. Foto: AFP

En las montañas de Wardak, en el centro de Afganistán, en la clínica del pueblo de Daymirdad las reglas ultrarrigurosas de los talibanes se aplican con excepciones, sobre todo cuando dependen de ellas la salud y las urgencias vitales.

Que un hombre y una mujer trabajen juntos o ser examinados por un doctor del género opuesto, "la sharía lo permite cuando es necesario o urgente", explica a la AFP Mohamad, dirigente talibán encargado de la salud en este distrito, un feudo del movimiento islamista desde hace más de 25 años.

La clínica de Tangi Saidan, que se encuentra al final de una interminable carretera de tierra en medio de montañas desérticas, cuenta con cinco mujeres entre sus 18 trabajadores sanitarios.

Se trata de una enfermera, dos comadronas, una consejera en nutrición y una auxiliar sanitaria encargada de la vacunación.

La de Saidan es la única clínica con equipos de cirugía en esa zona poco poblada.

Como no cuenta con ninguna médica entre su personal, el cirujano Sharif Shah se encarga de hacer las cesáreas, pero siempre acompañado por una enfermera y una miembro de la familia de la embarazada.

"Debemos operarlas aquí, ya que, si no pudiéramos hacerlo, las mujeres morirían al no llegar a tiempo a Kabul", explica Shah.

"Los pacientes se encuentran a menudo a cinco o seis horas de carretas y durante el invierno suelen llevarlos sobre la espalda, dado que la nieve les impide circular", asegura.

Jamila, la enfermera, sostiene que "el hecho de que sea una zona talibán no le supone ningún problema para trabajar", aunque debe acompañarla un "mahram", un hombre de su familia, durante sus guardias nocturnas.

"La gente no tiene ningún problema con los hombres doctores, ya que consideran que un doctor es como un mahram", añade.

Una cortina

Las normas de esta cnvivencia entre mujeres y hombres, una de las pocas excepciones toleradas por los talibanes, resultan precisas.

Cuando no hay ningún enfermero, las enfermeras pueden curar a los hombres y, cuando es necesario, se puede autorizar la presencia de un acompañante masculino en aquellas salas donde hay pacientes femeninas.

"Los hombres y las mujeres pueden trabajar conjuntamente en la misma sala, pero en una situación normal debe haber una cortina", que separe su visión.

En la clínica de Saidan, sin embargo, no hay ninguna cortina. La enfermera Jamila habla con los enfermeros y doctores con toda normalidad. 

Los talibanes, que regresaron al poder a mediados de agosto, aún no especificaron las modalidades de aplicación de la sharía. 

De momento, solo pidieron a las mujeres que no vayan a trabajar, con la excepción del personal médico, mientras no establezcan un sistema compatible con su visión ultrarigorista de la ley islámica.

Pero a Jamila lo que más le preocupa no son las normas de los talibanes, sino su salario, en un momento en que la ayuda internacional, que financia el sistema de salud afgano, se encuentra congelada. 

Situada cerca de la antigua línea del frente, la clínica, gestionada por el Comité Sueco para Afganistán, fue bombardeada en varias ocasiones por el ejército afgano.

"Ahora no hay enfrentamientos violentos, no perdemos a nuestros hijos. Es como si finalmente hubiera salido el sol", afirma esperanzada Mandanda, de unos 60 años, que fue a la clínica debido a unos dolores en la cabeza y el pecho.

La única cosa que (los talibanes) nos aportaron es la paz. Pero no tenemos nada para comer", matiza, en cambio, Jamila, otra paciente de 40 años y madre de siete hijos.

'Es la cultura'

En la zona de maternidad, en que la presencia de hombres está prohibida, Mastura, una comadrona de 27 años, recuerda un ataque del ejército afgano contra la clínica, donde un soldado afgano la apuntó con su arma ya que también curaba a los talibanes.

Esta joven asegura que nunca habló a un insurrecto en los siete años en que trabajó en la clínica.

"Nunca tuve la necesidad de hacerlo", sostiene. "Los talibanes no están en la calle diciendo: 'Haced esto o eso'. Ellos viven aquí con sus familias y forman parte de la sociedad". 

Si las mujeres llevan burka o deben ir acompañadas por un "mahram" para viajar fuera del pueblo, "esto se debe a la cultura", y no solo en las zonas talibanes, subraya Mastura. 

"Yo puedo trabajar aquí, pero las mujeres de todo el país deberían tener el derecho de trabajar, no solo en el sector sanitario", lamenta.

Le gustaría que su hija pudiera ir a la escuela y estudiar, pero no se hace demasiadas ilusiones.

"Mi madre y mi abuela tuvieron vidas difíciles. Con solo 27 años, mi vida ya ha sido muy difícil. No creo que sea mucho mejor para mi hija", asegura.