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Una desastrosa ejecución en Oklahoma reaviva el debate sobre la pena de muerte

Según los testigos presentes en la penitenciaría de McAlester (Oklahoma), Lockett sufrió brutales convulsiones y se retorció en la camilla mientras intentaba deshacerse de las ataduras

Una desastrosa ejecución en Oklahoma reaviva el debate sobre la pena de muerte
WASHINGTON: Que un condenado a muerte fallezca de un ataque al corazón masivo, atado a la camilla donde se intentaba acabar con su vida, después de que se suspendiese su ejecución porque “algo no funciona” como él mismo hizo notar a sus verdugos— ha abierto un nuevo frente en la batalla legal que desde hace algunos años rodea a las ejecuciones en Estados Unidos.

Clayton Lockett vivió durante 43 minutos después de que se le inyectase el primer fármaco de los tres que componen el protocolo para acabar con la vida de alguien mediante la inyección letal. Barack Obama aportaba ayer la opinión de la Casa Blanca y calificaba la ejecución de Lockett de “inhumana”.

Según los testigos presentes en la penitenciaría de McAlester (Oklahoma), Lockett sufrió brutales convulsiones y se retorció en la camilla mientras intentaba deshacerse de las ataduras.

En su forcejeo, con la mandíbula tensada, el preso logró pronunciar varias palabras que indicaban que algo no marchaba como debía. “Fueron momentos de gran caos”, declaró Dean Sanderford, uno de los abogados del reo, a la prensa local.

El médico que supervisaba la ejecución vio en la pantalla que controla las pulsaciones del corazón que una de las tres líneas –correspondientes cada una de ellas a uno de los tres fármacos que se inyectan- se había vuelto muy errática y que la vena del preso había explotado.